Los otros golems más allá de Praga: ‘en Granada hubo un golem femenino’

Todo aquel que haya paseado por el mágico y legendario barrio judío de Praga, se ha topado inevitablemente con la famosa historia del Golem. Quien se haya dejado perder por esas mismas calles que recorrió Frank Kafka, sabe que cualquier rincón que se precie del barrio judío recuerda a la que es la leyenda más conocida de todo República Checa. Aquella que nos cuenta que el rabino Loew, sabio, maestro en cábala y artes mágicas, consiguió insuflar vida a un ser de arcilla o de barro que previamente había moldeado a su antojo. Solo con una palabra secreta (casi prohibida) escrita en la frente de aquel monstruo, este comenzó a comportarse como un ser humano normal. Todo ello en la época de Rodolfo II, un tiempo mágico, heterodoxo, casi insólito, para la ciudad de Praga. Todo en una etapa donde las persecuciones a las judíos eran el pan de cada día.

Exactamente es lo que tenía que hacer el Golem (proteger al rabino Loew y a los de su misma religión). Sin embargo, como si se tratara de un castigo por jugar a ser dioses, el Golem empezó a suponer un problema para todos. Incluso se cuenta que el hombre de arcilla inundó una parte de Praga a causa de intentar sacar agua de un pozo. Por tanto, al sabio rabino no le quedó otra que acabar con su creación. Final que tuvo lugar cuando le borró de la frente la primera letra de la palabra mágica que lo había convertido en un ser viviente. Pero siempre quedará el recuerdo de esta vieja historia en Praga, una urbe que siempre fue dada a reunir magos, alquimistas y hechiceros. Recuerdo del Golem que queda marcado en lugares. Sin ir más lejos en la Sinagoga Vieja-Nueva del barrio judío, donde estaría escondido en la buhardilla a la que nadie puede acceder. Solo unas escaleras exteriores, enclavadas en la fachada, estarían colocadas ex profeso para que el Golem, en tiempos de zozobra para los judíos de la capital checa, vuelva a la vida y baje por ellas para defender a los suyos. O también la tumba del rabino Loew en el viejo camposanto judío o el famoso libro de Gustav Meyrink que tanto va a hacer por dicha leyenda. No obstante, ¿y si el Golem de Praga no ha sido el único que habría existido? ¿Y si antes de él ya hubo otros golems que, invocados por otros sabios de la Torá y cabalistas, ya habrían tenido esa chispa de vida que les faltaba? Aunque suene arriesgado, el de República Checa no es el único que podemos encontrar en toda Europa. Aunque para eso, hay que acudir a las leyendas, a mitos antiguos y sobre todo, a arquetipos que se resisten a morir.

La primera mención escrita del Golem de Praga

Primero hay que señalar que la primera vez que se menciona al Golem de Praga es en el siglo XIX, concretamente en 1834 en una obra titulada Der Jüdische Gil Blas (“El judío Gil Blas”), escrita por un judío converso de Praga llamado Josef Seligmann Kohn. Lo que cuenta es toda la leyenda del Golem de la capital checa y que el rabino Loew lo desactiva porque se dedica a balancear la sinagoga Vieja-Nueva mientras se recitaba el Salmo 92 (dice que desde ese momento cuando se leía dicho salmo se hacía una pausa de cuarto de hora para recordar el hecho); y también por haber sido acusado de causar una epidemia de niños que morían y después se levantaban de sus tumbas en el antiguo cementerio judío.

Judío Gil Blas que tiene conexión con España, porque es un personaje de la picaresca española. Quizá no es muy conocido en suelo patrio, pero en la literatura europea es mencionado una y otra vez. Aunque volviendo al Golem de Praga, su historia pudo haberse transmitido de forma oral, pero no es hasta el siglo XIX cuando aparece en la literatura. Por tanto, ¿de dónde viene la figura del Golem?

El mitema del hombre de arcilla

Antes de todo, habría que hablar de un mitema. Un mitema es un elemento que se repite dentro de muchos mitos. En este caso, el mitema no es otro que el del hombre creado a partir de arcilla, que puede tener su origen en la importancia que tuvo en la noche de los tiempos la alfarería, que supuso una auténtica revolución y para muchos es el primer oficio de la Historia. Eso cuando es una persona la que crea al ser viviente, porque, las mitologías y religiones están plagadas de relatos que hablan de humanos creados por los dioses mediante arcilla. La creación de Adán por parte de Dios que se menciona el Génesis es buen ejemplo de ello. También Khenum en el Antiguo Egipto es el encargado de crear al ser humano por medio de la arcilla del Nilo. Más atrás en el tiempo, en Mesopotamia, en la Epopeya de Gilgamesh se menciona a una diosa de nombre Aruru que sería capaz de crear vida por medio de la arcilla. O en las creencias sumerias existen referencias a que la divinidad creó al Hombre a partir de arcilla para que estos les rindieran incondicional pleitesía. Algo parecido a lo que creían los babilonios, que a fin de cuentas, beben, se nutren, de la misma cultura mesopotámica.

También tenemos la mitología griega donde quién no ha escuchado hablar de Prometeo. Ese que, aparte de haber dado el conocimiento y las técnicas de supervivencia, habría creado a la Humanidad, de nuevo, con arcilla de por medio. Cuenta Pausianas que en la ciudad antigua de Panopeo, situada en la Grecia central y no muy lejos de Delfos, existía una especie de edificio hecho de arcilla aún sin cocer y que, en su interior, se custodiaba la estatua de Prometeo, porque en aquellos lares es donde había insuflado vida al Hombre a través de esta materia prima. Por ese motivo, aquel recinto sagrado de Panopeo, desprendía un aroma a carne humana, según lo transmitido por el citado autor, pues habría sido lo que sobró a este personaje de la mitología griega. Lástima que Panopeo fuera destruida en sucesivas ocasiones, ya fuera por rivales de la Hélade, por los persas de Jerjes y después por los romanos. Aun así no solo en el mundo antiguo occidental aparecen referencias a la creación de vida con arcilla de por medio: en Oriente también existen las mismas tradiciones. En el hinduismo, Ganesha, ese dios que todos identifican con cuerpo de elefante, es creado por su madre Parvati tras una conjunción mágica y vital de sangre y arcilla. En las viejas creencias de China aparece Nuwa, diosa de las antiguas religiones del Lejano Oriente moldeando a quienes luego le rendirán culto. Lo mismo pasa en lugares tan distantes como son las tierras africanas, en Mesoamérica o incluso en la Polinesia. En territorios tan distantes se encuentra este mismo mitema universal, el de dioses creando a la Humanidad con la arcilla como intermediaria.

Mokkurcalfe, el ‘golem’ de la mitología nórdica

Por otro lado, los dioses también han creado figuras mitológicas hechas a base de arcilla para que estas luchen contra otras deidades enemigas. En la mitología nórdica, tan rica en aventuras y relatos cargados de potencia mágica, se halla uno de estos personajes. Cuenta la edda Skaldskaparmál que, en una ocasión, el gigante Rungner tuvo un enfrentamiento con el poderoso Thor, el gran personaje de la mitología nórdica. Por mucho que Rungner tuviera una fuerza descomunal, necesitaba ayuda para derrotar al gran dios de los nórdicos. Para ello, junto a otros gigantes, decide acudir a la magia para crear una criatura que lo apoyara en su particular batalla. Es así que Rungner y los suyos crean una figura de arcilla de nueve millas de alto y lo incorporan un corazón de yegua, mientras proferían cánticos mágicos y prohibidos. De repente, aquel monstruo empezaba a levantarse y moverse. Aquel ser había cobrado vida. Una criatura que sería llamada Mokkurcalfe.

Mokkurcalfe sería quien ayudaría a su amo Rungner en la batalla contra Thor. Sin embargo, no contaba el gigante con que el dios del trueno también había traído compañía al combate. Junto a Thor estaba Tjalve, su fiel sirviente. Cuando aquel titán de arcilla ve a Tjalve, se orinaría encima presa del miedo. Después, una flecha lanzada por el paladín de la gran divinidad nórdica atravesaría el cuerpo de barro de aquel monstruo creado de la nada. De este modo, el ‘golem’ de la mitología nórdica, no duraría mucho tiempo con vida.

Glinyani Ivanushko, el niño de arcilla de Rusia

Aun así, llegados a este punto, no es de extrañar que este modelo universal se repita con el paso del tiempo y a través del lenguaje de la leyenda, con el antropocentrismo ya más que desarrollado. Si los dioses eran capaces de crear a partir del barro, por qué el Hombre no podría hacer lo mismo por medio de fórmulas mágicas y secretas. Por qué los humanos no iban a jugar a ser dioses. Las mitologías dan pistas, pero también en cuentos populares que hunden sus raíces en la noche de los tiempos se puede rastrear el mitema del hombre de arcilla. En Rusia, por ejemplo, quién sabe si por la tradición oral tan arraigada o por las religiones ancestrales que en todo su territorio se dieron, ha perdurado la fama de cierto personaje que mayores y niños conocen bien. Gracias a los cuentos y a esos lubok que representan como nadie a la literatura popular rusa (que tantas leyendas recoge de puño y letra), ha llegado a la actualidad la historia de Glinyani Ivanushko, el “niño de arcilla” en castellano. Una figura del folklore ruso que incluso el escritor Alexei Tolstoi, primo de León Tolstoi, quiso inmortalizar en 1923 dentro de su producción literaria.

¿Qué cuenta el relato sobre este niño creado a través de arcilla? Se dice que un alfarero ruso y su esposa de un enclave indeterminado, ya ancianos, no habían conseguido engendrar un hijo por problemas de fertilidad. Por ese motivo, decidieron crear un niño de arcilla al que dieron vida por la intervención crucial de hechicerías desconocidas. Un niño de arcilla que, según el cuento, empezó a comer en demasía. Primero se comió el pan que tenían sus padres creadores. Después toda la leche que pudo encontrar en su hogar. Finalmente, cuando no encontró más alimentos, no tuvo más remedio que comerse a quienes le habían creado y dado la oportunidad de vivir, a pesar de estar hecho de arcilla. Pero es que después, al niño de arcilla no le quedó otra que salir a la calle y causar el pánico entre sus vecinos. Leñadores, ganaderos, padres, madres, niños, familias enteras… Todo a quien se encontraba en su camino acabaría siendo su plato del día. Lo llamativo es que a todos se los tragaba sin masticar, así que seguían vivos en su estómago, mientras que se iba haciendo más y más grande a medida que se tragaba a alguien. Así ocurriría hasta que se zampó a una cabra. El animal que, una vez en la tripa de aquel devorador hecho de arcilla, empezó a dar fuertes embestidas con su cornamenta. De esta manera, consiguió abrir un agujero en el estómago del niño de arcilla, este cayó muerto y todos los que habían sido deglutidos quedaron libres y vivos que no es poco. Así acabó el cuento de Glinyani Ivanushko, una especie de ‘golem’ de la literatura popular rusa que se fue de las manos por querer jugar a ser dioses, igual que lo ocurrido al de Praga.

El golem y su importancia en el folklore judío

Llegados a este punto, queda patente que las leyendas sobre el Golem, de mitos y personajes vinculados se nutren del mismo mitema. Sin embargo, esta historia, efectivamente, alcanza cotas máximas dentro del entramado legendario judío. En el barrio Kyriat Hiyoval de Jerusalén, en un área recreativa para niños, encontramos el que popularmente es conocido como el Jardín del Monstruo. No obstante, ¿por qué este nombre? ¿Quién es el Monstruo? Para ello hay que buscar la criatura monstruosa representada en el tobogán que tiene este parque para niños. Una enorme mole de hormigón creada en los años 70 por la escultora francesa Niki de Saint Phalle que muestra a un monstruo que asustaba a los niños que tenían que jugar en su interior. De hecho, las autoridades de Jerusalén tuvieron que llamar de nuevo a la artista francesa para que lo rehiciera: al parecer, era cierto que los niños se asustaban con esta figura del tobogán. La artista gala tuvo que recurrir a una frase de Bruno Bettelheim, psicólogo y mitólogo famoso, que decía que las sensaciones aterradoras en los niños son buenas porque así vencerían sus miedos. Algo que coló, porque las autoridades de Jerusalén dijeron que en ese caso, no hacía falta que tocara nada del tobogán. Pero quizá también influyó al personaje que es representado. Porque se trata de una versión moderna (y femenina, que llama mucho la atención) sobre el legendario golem.

El golem adquiere su máximo esplendor dentro de la tradición judía. El folklore y el misticismo judío son quienes se apoderan de este mítico personaje. Esa que nos dice que, en épocas difíciles y complicadas para los judíos, los cabalistas y rabinos conocedores de las artes mágicas podían dar vida a humanoides creados con barro o arcilla para que estos hicieran de escudo contra aquellos que perseguían o atentaban hacia los judíos. “Golem” que por cierto significaría algo así como “atontado” porque estos tendrían movimientos totalmente controlados por su amo, por el creador de este. Solo que al haber puesto el nombre secreto de Dios en su boca y luego escrito en su frente el emét (esa «verdad» en hebreo) ya se les insuflaría vida. Para neutralizar o acabar con su vida, solo habría que quitar la letra adecuada de esa palabra emét que el golem tiene en su frente. Eso o los procedimientos a seguir para crear un golem, que aparecen en el Séfer Yetzirá o Libro de Abraham, quizá el libro más importante dentro de la Cábala y del esoterismo judío después del Zohar (es como el brazo ejecutor de este último). No obstante, hay que tener en cuenta un detalle: crear vida a partir de la materia inerte es jugar a ser dioses y, como tal, conlleva sus peligros. Pero en el Talmud de Babilonia hay referencias a la creación de un golem que se hace pasar por humano y el rabino Zira le conmina a volver a la tierra, que es de lo que está fabricado. También está la historia del rabino Ben Nabirul, contada en el siglo XVII por Josef de Candía, en el que se dice que creó una sirvienta de madera que después redujo a astillas, o incluso que creó un esclavo que le servía para sus propósitos tras invocarlo con un libro mágico.

Avigdor Kara y el otro Golem de Praga

Creaciones de golems por parte de rabinos son una constante dentro del folklore judío. Aunque hay una leyenda muy poco conocida que dinamitaría la historia más universal como es la que se cuenta en la capital checa. Para ello, hay que situarse en los siglos XIV y XV, en época de Wenceslao IV. En este contexto vivió Avigdor Kara, aparte de un cabalista y un talmudista muy sonado, también gran devorador de libros de sabiduría y de conocimiento de la Torá. Su propia lápida además es la más antigua del cementerio judío de Praga, que tuvo que ser retirada al museo de la Sinagoga Maisel para salvaguardar su conservación. Kara tenía amistad con el propio rey, a quien casi convierte al judaísmo, o Jan Hus, un personaje muy importante en la historia de República Checa, llegó a inspirarse en él. Pero lo que se lleva la palma es su posible conexión íntima con la figura del golem.

Cuenta el rabino Tiah Weil, en el siglo XVIII, que Avigdor Kara, casi 200 años antes del Golem de Praga que todos conocemos habría sido capaz de crear una criatura idéntica en la ciudad checa, quizá para proteger a los judíos del gran pogromo que tiene lugar en el gueto judío de la urbe allá por abril de 1389. Por tanto, la duda está servida: ¿existieron dos golems en la historia de Praga? ¿O la historia que todos conocen puede estar inspirada en este golem de Avigdor Kara? No se puede precisar con exactitud, pues Weil no hace más alusiones que la mencionado. Solo que la lápida de Avigdor Kara, hasta hace poco, estaba en el antiguo cementerio judío de Praga. Tumba a la que se llevó su secreto.

Los ‘susurradores de lo arcano’ de Oria

Aun así, más allá de la capital de la antigua Checoslovaquia, hay que decir que en Europa existen testimonios sobre la creación de golems con rabinos judíos de por medio. Para ver una clara muestra de ello hay que marcharse a Italia. En la península itálica tienen testimonios sobre dichas criaturas creadas por maestros de la cábala que han quedado olvidados en favor del Golem de Praga. Ahimaaz ben Paltiel fue un rabino judío nacido en Capua (corazón de la Campaña italiana) allá por el siglo XI. Aparte de sus quehaceres religiosos, Ben Paltiel destacó increíblemente por sus trabajos históricos. Gracias a él se conoce mucho de las comunidades judías en el sur de Italia en lo que fue la Alta Edad Media. Todo ello se debe a su rollo Ahimaaz que es como una especie de crónica escrita en prosa, pero con rimas muy elaboradas. Dicha obra, considerada por los historiadores como fiable, contiene un montón de historias y leyendas, así como creencias y supersticiones de las mencionadas juderías del sur de la bota de Italia desde principios de la Edad Media. Por ejemplo, menciona la aparición de una Se’lrim (en el folklore judío sería algo así como las strigas, las brujas-vampiro de la tradición italiana o albana). Una Se’lrim en la población de Oria, justo en lo que es el tacón de la bota de Italia.

Pero sobre esta localidad de Oria, que hoy en día cuenta con más de 14.000 habitantes, el rollo Ahimaaz cuenta que en este enclave, en el siglo IX, existía un grupo selecto de sabios judíos que se distinguían de los demás. Ben Paltiel habla de que eran conocidos como los “susurradores de lo arcano” que, según él, eran capaces de dar cuerpo, alma y vida a todo aquello que quisieran al conocer los secretos incrustados dentro de las palabras sagradas. Es así que creaban e invocaban golems de arcilla a su antojo y cada vez que querían. Todo hasta que recibieron una advertencia divina de que cesaran de crear golems. Aviso que estos susurradores de lo arcano de Oria acataron.

El niño golem de Benevento

Dicho esto, aparte de este caso, el rollo Ahimaaz menciona un golem concreto. Para saber más de esta leyenda hay que situarse en la ciudad de Benevento, tan vinculada a brujas y aquelarres. Cuenta el autor de esta crónica que cierto erudito judío llamado Aarón, que procedía de la mágica Bagdad, fue expulsado de su ciudad por poner en un molino a un león en sustitución de la mula de turno, que había sido devorada por el propio felino. Así que se embarca en Jaffa, importante puerto de Israel, en un periplo que lo lleva a las costas italianas. Una vez surcando los mares italianos, el barco que transporta a Aarón llega al pueblo marinero de Gaeta, desde donde se desplaza finalmente a Benevento. Es en esta ciudad italiana donde Aarón de Bagdad no solo va a echar raíces, sino que también va a dar muestras de sus dotes.

Aarón de Bagdad no era un simple erudito judío, también dominaría a la perfección las artes arcanas del judaísmo. Era por tanto otro “susurrador de lo arcano” que, unido a sus orígenes (venía de una tierra heredera de la magia de los caldeos y babilonios), podía ser considerado como todo un mago. Tal es así que cuando se dirige desde Gaeta a Benevento, este hombre consigue devolver a su forma de niño a un chaval que había sido convertido en burro por una hechicera. Pero una vez en Benevento, Ahimaaz ben Paltiel relata que Aarón tiene contacto con una misteriosa figura que vagaba por la ciudad. Se trataba de un golem de un niño creado a partir de barro gracias a un pergamino mágico, pero la realidad que cuenta el rollo de Ahimaaz es otra bien distinta: la crónica judía relata que con lo que se topa el de Bagdad es con un golem que, antes de volver a la vida, había sido un niño que había perdido la vida junto con un comerciante camino a Tierra Santa. El mercader, que había prometido a la madre del muchacho que lo devolvería sano y salvo de la peregrinación, acudió a alguno de los “susurradores de lo arcano” que habría por la zona, quien lo devolvió a la vida al escribir en un brazo esa “verdad” que solo unos pocos señalados conocen.

Aarón de Bagdad se cruzaría con este golem por las calles de Benevento y sería el propio ser extraño que se acercaría al protagonista de esta historia. Se arrima porque estaría cansado el propio golem de vagar sin rumbo y de alterar las leyes naturales. Por lo que le pide a Aarón que intente encontrar la manera de acabar con aquello. Algo que el sabio de Bagdad no tarda en encontrar ese emét en el brazo de aquel niño golem de Benevento. Es así que le quita la “verdad” que tiene escrita en el brazo y, por arte de magia, aquella criatura viviente cae al suelo y se convierte en polvo. Así quedaría neutralizado para siempre el golem de Benevento.

El golem ‘sherpa’ de Samuel de Espira

En Italia, por tanto, tienen los casos de los golems creados por “susurradores de lo arcano” en Oria, y la leyenda del golem de Benevento. A estos hay que sumar el golem que, según la tradición, habría creado el que se considera el primer jasídico (el jasidismo asquenazí es una corriente asceta y mística dentro del judaísmo que tuvo su foco en la Edad Media en lo que hoy es la Alemania occidental, concretamente en la región de Renania). Este primer jasídico sería Samuel de Espira, que vivió en suelo renano en el siglo XII y que era un gran conocedor de la cábala. Samuel sería germano, sí, pero sus ancestros cercanos provenían del norte italiano. Todo el conocimiento cabalístico se lo habrían ido transmitiendo de generación en generación hasta que su familia emigra a estas tierras al otro lado del Rin.

De Samuel de Espira se dice que sus conocimientos secretos de la Cábala fueron tales que tuvo su propio golem. Un golem invocado por él mismo que lo acompañaba en sus viajes por Europa y que actuaba de sirviente, lleva sus bártulos y cargaba con el equipaje cual sherpa, pero que no tenía la capacidad de hablar (un detalle muy recurrente dentro de los golems). Únicamente se dedicaba a obedecer. Aunque si este golem de Samuel de Espira veía a algún judío o alguna comunidad judía en apuros, este rápidamente dejaba lo que tuviera entre sus manos y entraba en acción para protegerlos. Así que se añade otro golem a la terna, en este caso, uno “ítalo-germano” como es el de Samuel de Espira. No obstante, y aunque suene raro, en este asunto la España Mágica también tiene algo que decir al respecto…

Un golem y un judío andalusí de Tudela

Primero, ese rollo de Ahimaaz que custodia los casos de los golems de Oria y del niño golem de Benevento, la única versión que se conserva original está guardada en algún punto de la catedral de Toledo. Cómo no, en la ciudad de la magia, donde los cabalistas campaban a sus anchas… Y segundo, los viajes que principalmente realiza Samuel de Espira son principalmente por Francia y por España, así que no es de extrañar que, de ser cierto lo que se cuenta, su golem habría cruzado la Península junto a su compañía. Pero es que en territorio español, pudo haberse creado un golem o, por lo menos, un navarro fue capaz de insuflar vida a una de estas criaturas. Se trata de Ibn Ezrá, un completo sabio judío en pleno Al Ándalus que habría nacido en el año 1092 en Tudela y que algunos sitúan su muerte en Calahorra en 1167, aunque esto último no está para nada confirmado.

El caso es que Ibn Ezrá, este judío andalusí a quien apodaban «el Admirable”, aparte de ser un genio y un gran exégeta judío en su tiempo, era un gran cabalista. Por ello, cuando comenta los Salmos, este tudelano menciona a la figura del golem. Él afirma que estas criaturas no tienen corazón, sino solo un cuerpo, que se puede interpretar como que un golem, para él, sería un ser que no es consciente de sus propios actos, que lo hace todo por mnemotecnia. Pero es que un libro de creación atribuido erróneamente a Saadia Gaon (otro sabio judío que era anterior a Ibn Ezrá y, por tanto, no pudo conocerlo) cuenta que el de Tudela habría dicho él mismo que creó un golem ante un rabino y posteriormente habría exclamado: “esto lo dio Yavhé por medio de letras sagradas”. Después lo devolvió a su estado inerte. Lo único que es imposible saber cuándo y cómo se produjo. Hay que tener en cuenta que Ibn Ezrá estuvo recorriendo todo Al Ándalus (estuvo por ejemplo en Toledo, en Lucena y en Córdoba), pero también anduvo por el norte de África de joven. Sin embargo, y a pesar de que haya quien atribuye su muerte en Calahorra, lo cierto es que este sabio judío andalusí tuvo que marcharse con 40 años, o bien por el avance de los cristianos, o bien por las persecuciones a los judíos que inician los almohades. En ese ambiente, el tudelano comienza un largo periplo por muchas juderías de Europa que lo lleva a Italia, Francia e Inglaterra. Incluso hay una tumba en la población israelí de Kabul que se dice que es la de Ibn Ezrá (de hecho, es visitable). Por lo que de haber creado el golem en suelo andalusí tuvo que hacerlo antes de los 40 años (de lo contrario, lo habría hecho en algún lugar alejado de las actuales fronteras españolas). Aunque la historia de un golem creado por un tudelano ahí queda.

Avicebrón y un golem femenino en Granada

Pero si hay una historia que llama mucho la atención y que es completamente desconocida, es la que tiene como protagonista a un malagueño andalusí, anterior a Ibn Ezrá, y que fue un rabino tan importante que hoy una de las calles principales de Tel Aviv lleva su nombre: Salomón ibn Gabirol, más conocido como Avicebrón. Otra eminencia judía que nace en Málaga allá por el 1021 y desde muy joven marchará a la taifa de Zaragoza donde estará protegido por Yekutiel ben Isaac, el visir judío que tenía el rey Mundir II de Zaragoza. Aun así, tras unas revueltas que tuvieron lugar en la ciudad, no le queda otra a Avicebrón que asentarse en Granada y, tras volver a Zaragoza, después marchará a Valencia donde muere presuntamente en 1058. Pues durante su estancia en la ciudad nazarí, a Ibn Gabirol o Avicebrón, que aparte de ser rabino, fue un poeta muy destacado de la época, también se le atribuye un golem de lo más curioso. Ser de apariencia femenina que despertaría recelo entre quienes conocieron a la extraña pareja.

Todo habría ocurrido durante su estancia en las calles de Granada. Allí habría tenido Avicebrón una enfermedad en las piernas que limitaba muchos sus movimientos, por lo que según la leyenda, recurrió a los arcanos secretos del judaísmo que él conocía. Así hasta crear un golem de una mujer que haría las veces de ama de llaves y de criada. Con dicha criatura femenina se dejaría ver cualquier rincón granadino, y él mismo cubría a su «acompañante» de ropajes y telas para no ser descubierta. Sin embargo, Ibn Gabirol no tardó en levantar suspicacias entre sus vecinos. ¿Quién era aquella mujer con movimientos raros que no desvelaba su rostro? ¿Por qué siempre lo acompañaba pero nunca articulaba palabra? ¿Por qué iba tan abrigada en tiempos en los que el calor hacía estragos en la urbe? Todo esto, según la leyenda, crearía un revuelo en Granada que llegaría a oídos de las autoridades del enclave. Hasta tal punto que acuden todos a la casa de Avicebrón para pedir explicaciones. Aunque, cuando esto ocurre, lo que se encuentran en la puerta del domicilio del rabino y poeta judío es lo siguiente: un montón de arcilla derretida con las ropas que solían cubrir a aquella misteriosa mujer que lo acompañaba. Sí que es cierto que existe otra variante, que es la que dice que malagueño creó a esta mujer golem en Granada, no a partir de arcilla, sino por medio de madera en la que escribió la “verdad” que hizo que se moviera. Emét al que borró alguna letra cuando las autoridades de la taifa de Granada fueron a que rindiera cuentas. El golem femenino de Avicebrón que, junto con el que habría creado Ibn Ezrá, son los golems españoles, la conexión de una leyenda que también tiene su ramificación en la España Mágica.

La leyenda del golem en Polonia: el caso de Eliyahu de Chelm

A pesar de ello, si habría que quedarse con un país donde se registran más referencias a estas criaturas a las que se les insufla vida por medio de prácticas secretas es, sin duda, Polonia. En territorio polaco esta leyenda adquiere gran importancia. Por ejemplo, en Poznan, una de las ciudades polacas más relevantes y habitadas del país, al lado de la Universidad de las Artes, se levanta una llamativa estatua que impacta a todo el que la contempla. Se trata de una escultura inaugurada en 2010 y que tiene como autor al checo David Cerný, conocido por sus obras polémicas y provocativas (de ahí que esta obra haya sufrido daños y ataques, no por lo que representa, sino más bien por aquellos que no apoyan los mensajes de Cerný). Monumento que, además, en 2019 se cayó y tuvo que volver a ser colocado, en este caso por los fuertes vientos que azotaron el 30 de septiembre a Poznan. Pero esto es otra historia: este monumento no es otro que el conocido como “Golem de Poznan”. Una especie de tres hombres en uno hechos de metal que, vistos de frente, sí que se asemejan mucho a los souvenirs que se venden en Praga sobre esta figura mítica. Obra que fue financiada por la Sociedad de Fomento de las Bellas Artes.

Pero ¿por qué un Golem en Poznan? ¿qué pinta esta figura en esta ciudad de Polonia? Fácil y sencillo: cuentan en Poznan que de allí era el famoso rabino Loew, el creador del Golem de Praga. En el enclave polaco habría nacido y en su ciudad natal habría dado sus primeros pasos como rabino en el barrio judío de la urbe. Además habría sido en la población polaca donde se instruiría en la cábala y en los conocimientos inaccesibles del judaísmo que lo llevaron a crear su mítico golem.

Si el rabino Loew era de estas tierras, no es extraño que se hallen en este país más historias vinculadas con estos personajes legendarios. Relatos que no tienen nada que envidiar al de Praga y que serían inmediatamente anteriores a él. A mediados del siglo XVI, pocos años antes del relato del Golem de Praga, en una ciudad del sureste polaco, se sitúa una mágica leyenda que merece ser contada. En Chelm, una urbe que hoy cuenta con casi 70.000 habitantes, quizá en aquella época no era más que una pequeña concentración de casas cuyos moradores intentaban salir adelante como podían. Eso y que el lugar contaba con una comunidad judía importante. Gueto judío que era guiado por Eliyahu de Chelm, un rabino respetado por todos, incluidos los más eminentes talmudistas que había, a causa de sus conocimientos sobre el misticismo judío y la cábala. Tal es así que es el primero en adoptar el título de “Baal Shem”, una distinción para aquel capaz de hacer milagros y obrar hechos sobrenaturales. Por este motivo, Eliyahu Baal Shem, como es conocido por la Historia, era admirado no solo en su localidad natal, sino posiblemente en toda la Polonia judía. Pero sobre todo, por la leyenda que lo une directamente con los golems.

Cuentan que haciendo uso del ya mencionado Séfer Yetzirá, el propio Eliyahu Baal Shem creó por medio de arcilla una figura antropoide con un hacha en la mano. De esta manera, una vez que le insuflara vida, su golem podría defender a los judíos de Chelm de quienes osaran atacarlos. Eso y para ayudar a su creador en los quehaceres que surgieran en su beit midrash, el despacho donde el sabio estudia la Torá. Sin embargo, el golem que había creado se empezó a ir de sus manos al cabo de una semana. Por tal razón, y temiendo que este provocara la devastación, le quitó una letra del emét que tenía inscrito en la frente aquel humanoide que, de repente, se convirtió en un montón de arcilla, no sin antes hacerle un rasguño al rabino de Chelm mientras intentaba evitar lo irremediable. Así lo recogen autores del siglo XVII como el cristiano Christoph Arnold, o ya en el siglo XVIII otro rabino de nombre Jacob Emden. Con el tiempo, la leyenda original irá ganando variantes como la que asegura que una vez que la arcilla inerte se desploma, esta cae sobre Eliyahu de Chelm y el rabino muere aplastado. O también añadidos como que la “muerte” del golem de Chelm tuvo lugar en el ático de la antigua sinagoga de la ciudad, al que nadie podía acceder (lo mismo que se cuenta sobre el fin del Golem de Praga). Pero la leyenda está ahí, la de un golem anterior al de la capital checa, con un relato muy semejante y que extiende sus tentáculos a tierras polacas. Porque el golem de Chelm o de Eliyahu Baal Shem no es el único que tiene como escenario Polonia.

El golem de Drohiczyin, una leyenda del siglo XIX

En el pueblo de Drohiczyin, situado en el este de Polonia y última localidad antes de llegar a Bielorrusia, otra leyenda sobre un golem aún está muy presente en su acervo popular. Lo está además por cercanía, porque este caso se enmarcaría ya en el siglo XIX, por lo que podría ser el último ser de estas características conocido, un dato muy a tener en cuenta. El mencionado golem de Drohiczyin se debe de nuevo al rabino de la población, Davidl Jaffe, que era la personalidad judía más importante de este enclave. Jaffe, según narra la leyenda, tenía a su servicio a un goy, que es como los judíos llaman de forma despectiva a los que no forman parte de su pueblo (algo así como «infiel». Este sirviente que tenía, por lo que fuera, deja de trabajar para el rabino de esta localidad del este de Polonia. Así que Davidl se busca las habichuelas y finalmente hace uso de las artes arcanas en las que él estaba instruido.

Por esta razón, Davidl Jaffe invoca a un golem, lo confiere vida, y este empieza a trabajar para él. Sobre todo, su actividad laboral se centran en los sábados, el día sagrado en el que el rabino no debe hacer nada. Por ejemplo, este golem que tenía el rabino de Drohiczyin lo que hacía era calentar los hornos de los judíos durante los sábados de invierno. Así hasta que en una ocasión, prosigue la historia, el golem cometió un error con un horno y provocó un grave incendio en el pueblo. Tras esta catástrofe provocada por su propia creación, al rabino no le queda otra que desactivarlo al ver que puede ser peligroso y contraproducente para la comunidad.

El Gaón de Vilna y un golem en la capital de Lituania

Esto en cuanto a los golems legendarios de Polonia, pero hay que dar un salto a Lituania para desgranar otra historia desconocida digna de ser contada. Detrás de ella, un golem como telón de fondo y con otro rabino como protagonista que, debido a su erudición y a su sapiencia había alcanzado el grado de Gaón. Un Gaón es el sabio de la Torá y de las leyes judías y, por ello, un líder espiritual a respetar en todo el mundo judío. Se trata de Eliyahu ben Solomon Zalman, más conocido como el Gaón de Vilna, la capital lituana. Este personaje, que ha pasado a la Historia lituana como el “genio santo” o “el gaón piadoso de Vilna”, es considerado como una de las grandes autoridades judías del siglo XVIII, pero sobre todo como uno de los grandes cabalistas del pasado. Así que no es de extrañar que su figura tenga nexos de unión con la creación de un golem.

Una vinculación que es rememorada por su alumno más aventajado, el también rabino Chaim de Volozhin, quien ya en el siglo XIX, al hablar de su maestro, este le habría comentado en una ocasión su intención de crear un golem. Esto lo cuenta en el prólogo que hay en su obra publicada en 1818 sobre la Siphra Dzeniyota, un texto cabalista de mucho interés. Chaim de Volozhin dice exactamente que presentó al Gaón de Vilna 10 versiones diferentes del ya citado Séfer Yetzirá donde aparecen los procedimientos para crear un golem. El Gaón de la capital lituana, de buenas a primeras, le habría señalado rápidamente cuál de esa decena de versiones era la correcta. Entonces el alumno le dijo admirado que, seguro que él habría sido capaz de crear una de estas criaturas. Su maestro lo dejaría ensimismado con su contestación: efectivamente, habría reconocido que intentó crear uno cuando tenía 13 años para que este luchara contra el mal que se cernía sobre Jerusalén (sería una época difícil para los judíos tanto en Europa como en Tierra Santa). Sin embargo, también afirmaría el Gaón que recibió una señal divina del cielo, (sin especificarse de qué tipo, que hizo que no continuara con su creación de un golem porque él mismo interpretó que no estaba preparado para ello por su corta edad.

No obstante, en en los primeros años del siglo XX, la leyenda del infructuoso golem de Vilna comenzó a alimentarse. Empezó a circular que sí, que el Gaón finalmente había conseguido realizar uno. Esto lo defendía el rabino Eliyahu Gordon, uno de los inmediatos sucesores del Gaón en Vilna. El rabí Gordon, que fallece en 1910, afirmaba que el famoso líder espiritual judío de la capital de Lituania había conseguido crear uno de estos seres y que lo escondió en el ático de la gran sinagoga de Vilna, esa que dejó sin aliento a Napoleón y que los nazis destruyeron en su totalidad. De este recinto no se salvó prácticamente nada: ni los 35.000 libros raros que tenía (con tratados cabalísticos y talmúdicos desaparecidos para siempre) ni esa parte superior en la que, según Gordon, el Gaón de Vilna habría escondido los restos del golem. Así que nunca se sabrá si realmente fue como dijo su alumno, Chaim de Volozhin, o si finalmente llevó a cabo su obra de insuflar vida a un ser inanimado cuando tenía una edad más avanzada. La duda queda flotando con la leyenda.

El golem en la cultura popular: el ‘efecto golem’

Aun así, se ha hablado de una criatura mágica que se ha convertido en una figura para todos conocida. Si no, ahí están las múltiples referencias a estos personajes en la cultura popular o en joyas de la literatura como Frankenstein, que bien puede ser una adaptación de la leyenda del golem. O también en el conocido como “efecto golem”, un término tan recurrente dentro del mundo de la psicología que afirma que si se ponen expectativas muy bajas sobre alguien o que se desconfía de él o de ella antes de que haga algo, finalmente esa persona acabará haciéndolo mal el cometido que se le ha encargado. Todo al haber sido condicionado negativamente antes de desempeñar dicha tarea. Un estancamiento o una falta de autoestima inducida que recibe el nombre de este ser de leyenda que alimenta los mitos desde hace milenios y nutre los acervos legendarios de toda Europa, encontrando su plaza fuerte dentro del folklore judío, cuyo legado más firme es ese Golem de Praga, creado por el rabino Loew en tiempos difíciles para el barrio judío de la capital checa. Aunque, como ha quedado patente, es un personaje legendario más universal y extendido de lo que se presume. Siempre, además, sin olvidar la moraleja que transmite todo: la de no jugar a ser dioses. Porque por mucho que el ser humano se vea a sí mismo como la Maravilla de la Creación, hay cosas que no controla, que se escapan a sus límites. Por ello, crea monstruos, prácticamente a diario. Monstruos que no son de arcilla…

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