El enigmático castro de Ulaca donde se realizaron sacrificios de todo tipo

Existen enclaves donde la magia no desaparece con el paso de los milenios. Emplazamientos donde la barrera entre lo natural y lo ignoto se estrecha hasta límites insospechados. En definitiva, lugares con un halo diferente a los que los antiguos se referían como recintos sagrados, pues era el punto adecuado donde podían conectar con lo numinoso, con lo sobrenatural.

Y uno de esos recintos sagrados, cuasi-divinos, se encuentra escondido de los avatares del tiempo en lo más recóndito del valle de Amblés, en la sierra de Ávila. Entre los abruptos y funambulescos riscos graníticos que gobiernan sobre Villaviciosa (municipio de Solosancho) se halla íngrimo el castro de Ulaca, axis mundi u ombligo del pueblo vettón.

Su ubicación es inhóspita, casi inimaginable. Su acceso es solo para valientes que se atreven a desafiar a la montaña, con una pendiente de 600 metros valle arriba, sorteando todo tipo de moles de piedra que parecen comenzar a rodar en cualquier momento. Sin embargo, cuando se divisan las ruinas de Ulaca y se pasea por sus viejos restos, una sensación difícil de describir invade a todo aquel que se inmiscuye en este paraje. Una sensación que, como una señal de advertencia, avisa de que el enclave se ha abierto de par en par para mostrar sus secretos mejor guardados.

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Paisaje del valle de Amblés, donde se encuentra Ulaca

 

Ulaca: cuando los vettones dominaban la provincia de Ávila

Ulaca era la razón de ser de los vettones. Este pueblo se situaba en el centro-oeste peninsular, en lo que hoy son las provincias de Salamanca, Ávila y Cáceres, antes que las águilas de Roma hicieran acto de presencia en la Península Ibérica. Destacaban por refugiarse en las montañas, dedicarse a la ganadería y por no ser especialmente aguerridos. Se sabe que incineraban a sus fallecidos y sus elementos artísticos más característicos son los “verracos”, esas representaciones zoomorfas en piedra de toros y cerdos.

Custodiados por el terreno arisco y escarpado del valle de Amblés, los vettones construyeron en el siglo VI a.C. lo que los romanos conocían como un oppidum, pero con el transcurso de los milenios ha pasado a ser conocido como “el castro de Ulaca”. Se creó en un área pobre en recursos y se torna en complicado imaginar cómo podían subsistir en un terreno tan inaccesible, donde las actividades agrícolas y ganaderas no se podían llevar a cabo en un terreno tan impracticable.

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Verraco vettón de Villaviciosa, hallado en Ulaca

No obstante, el castro se convirtió en el asentamiento más próspero del pueblo vettón. Pudo albergar más de 250 casas en las que llegaron a habitar más de un millar de personas. Se levantó una muralla con grandes bloques de piedra con un torreón para defender la plaza. Y, sobre todo, el poblado contaba con un altar de sacrificios y una sauna ritual que Eduardo Sánchez Moreno, profesor de Historia Antigua de la Universidad Autónoma de Madrid, describe como “las muestras más paradigmáticas en territorio vettón de espacios sagrados indígenas”.

Estos pobladores prerromanos permanecieron en Ulaca hasta que Aníbal llegó a la Península Ibérica. En el año 220 a.C., el comandante cartaginés, que por aquel entonces tenía 27 años, inició una campaña militar por la Meseta Central. El resultado fue el saqueo y posterior incendio del oppidum, ya que sabían la importancia que tenía el recinto para los vettones. Tras ser arrasado, comenzó una decadencia del poblamiento hasta ser abandonado en torno al siglo I a.C. con la conquista del Imperio romano, cuando los habitantes de los valles y montañas se vieron obligados a establecerse en las vegas de los ríos de la comarca. De esta forma, se despobló y uno de los grandes centros de poder de la Hispania prerromana quedó a merced de las inclemencias del paso del tiempo.

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Casas del ‘oppidum’ de Ulaca

 

El búho sagrado que vigila Ulaca

A pesar de que el castro de Ulaca fue deshabitado hace más de 2.000 años, aún exhala un fulgor taumatúrgico. Y lo desprende porque no es un lugar cualquiera. Los vettones no levantaron este poblado en mitad de la nada así porque sí, aun a sabiendas de las dificultades que presenta el terreno. Sabían que su centro más importante tenía que estar en este paraje y no en otro. De ahí radica el fuerte componente numinoso que emana Ulaca.

Ese carácter sagrado es señalado desde que se asciende al yacimiento. En el margen izquierdo del casi impracticable sendero que conduce hasta Ulaca existe una gran roca de granito con una silueta muy característica. Se trata de un peñasco cuya forma recuerda a un búho. En la actualidad, dicha figura sería considerada como una mera pareidolia, pero dentro del mundo mágico de los antiguos, esta tendría un gran significado y, sobre todo, estaría emplazada ahí por motivos concretos.

Dentro del pensamiento mágico, el búho se ha considerado como un animal totémico. Esta ave rapaz siempre se ha vinculado como un símbolo protector de poblaciones. Por sus facultades biológicas, el mencionado animal sería el guardián nocturno de los asentamientos gracias al eficaz oído y determinante vista que posee en la oscuridad.  

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Búho sagrado en la entrada al castro de Ulaca

Por ello, en la Antigüedad varias civilizaciones y pueblos se encomendaban al búho como talismán de protección. Y los vettones no iban a ser menos, ya que esta ave estaba muy arraigada también en las creencias del mundo céltico. Los celtas vinculaban al presente animal con la sabiduría, a la altura de la divinidad, como atestiguan las sagas de la tradición gaélica. No es de extrañar, por tanto, que el entramado de pueblos prerromanos de cultura céltica adoptara al búho como un ser vivo sagrado, idóneo para extrapolarse a las necesidades humanas de protección cuando cae la noche. Y uno de esos ejemplos se encontraría antes de cruzar las murallas de Ulaca, donde una piedra con los rasgos del ave nocturno se habría convertido en el pretexto adecuado para dar rienda suelta a un pensamiento mágico que persigue al ser humano desde épocas inmemoriales.

 

El santuario de Ulaca: sacrificios de animales…¿y humanos?

El búho pétreo es un indicador, una especie de “letrero” milenario que anuncia la entrada a un espacio distinto. Pero traspasadas las murallas que servían de fortaleza defensiva, se llega al santuario, el culmen del entorno sagrado que representa Ulaca. El altar escalonado, las losas con sus extrañas formas y sus misteriosas inscripciones son el reflejo tallado en roca de la importancia que albergaba este templo para los antiguos vettones.

Lo más llamativo es que no siempre se ha pensado que fuera un santuario. Las primeras referencias acerca de este complejo son de 1901, cuando el arqueólogo Manuel Gómez Moreno comenzó a elaborar un catálogo monumental de lo que encontraba en la provincia de Ávila. Gómez Moreno cuenta que en lo alto del valle de Amblés hay un lugar donde los montañeros aseguran que hay una estancia que definen como “una escalera del palacio de doña Urraca” y que llevaba a un mero depósito de agua. Los lugareños no eran conscientes de la relevancia del emplazamiento para los antiguos moradores de la zona…

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Santuario del castro de Ulaca

Con las posteriores investigaciones arqueológicas que culminaron en 1931, cuando Ulaca se declaró Conjunto Histórico-Artístico, la concepción del santuario cambió por completo. Ya no eran unas simples escaleras que conducían a un depósito de agua para satisfacer a una reina leonesa. Era mucho más que eso. El catedrático Martín Almagro-Gorbea postuló que era un santuario onfálico, situado en el centro de Ulaca para destacar su importancia sobre las demás construcciones. En él, cuando caía el ocaso del solsticio de invierno, los anaranjados rayos solares se posaban sobre las losas e iluminaban los entalles izquierdos de la escalera con los destellos que conseguían atravesar las moles de piedra.

Aquel espectáculo de luces considerado como “divino” que anunciaba la oscuridad demostraría que los antiguos prerromanos no eran tan primitivos como afirmaban los romanos. Tendrían unos conocimientos astronómicos más avanzados de lo que pensaban, hoy difíciles de concretar, que tenían relación también con el Pico Zapatero. La cumbre más alta de la sierra de Paramera abulense se encuentra alineada con el santuario de Ulaca, en una suerte de creencia que en la actualidad se desconoce.

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Escaleras del altar del santuario de Ulaca

Durante las fechas en que se producía el solsticio de invierno, aún es posible imaginar en el santuario las reuniones religiosas a las que acudían la población vettona para adorar a deidades ignotas mediante cultos colectivos. No obstante, esta estancia comenzó a ser llamada con otro apelativo: “el altar de sacrificios”.

La piedra escalonada de Ulaca fue el escenario de todo tipo de sacrificios. Ricardo Martín Valls comparó el santuario del valle de Amblés con el santuario de Panóias. Este altar prerromano (y después romanizado) situado en el concejo portugués de Vila Real guarda grandes semejanzas con el de Ulaca, aunque en él existieron una serie inscripciones en latín y griego que ayudaron a saber su utilidad. En las inscripciones del monumento portugués detallaban que era un recinto sagrado donde “se sacrificaba y se mataba” para los dioses, las vísceras se quemaban en unas cazoletas y la sangre se vertía por unas cavidades. En la equiparación de ambos yacimientos arqueológicos, Martín Valls no tenía dudas: “Panóias se ha convertido en el referente explicativo de los ritos celebrados en el altar abulense (Ulaca)”.

¿Y cuáles eran esos ritos que se celebraban en el altar de Ulaca? Se trataría de rituales de fuego, tan extendidos a lo largo de la Península Ibérica. En ellos se sacrificaba animales como ofrendas a los dioses, que posiblemente serían acompañados por la ingesta de carnes y el consumo de ciertas sustancias alcohólicas o psicotrópicas. La sangre corría por los derramaderos de la roca y se vertía en cubetas donde era recogida. Por otro lado, las entrañas de las víctimas sacrificadas eran quemadas en las cazoletas de la parte superior del altar.

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Reconstrucción de los sacrificios animales llevados a cabo en el altar del santuario de Ulaca

También se llevaría a cabo el sacrificio de animales de gran tamaño, como toros y caballos, aunque estarían reservados a circunstancias especiales en el que se busca un mayor favor divino o en períodos de guerra, con el objetivo de alcanzar la victoria ante el enemigo. Los vertidos de la sangre de estos animales, tras haber sido recogida, podrían haberse oficiado tanto en la misma roca escalonada como en un gran pedrusco circular con un derramadero que se encuentra a la entrada del castro, rodeado de agujeros a modo de cazoletas.  A pesar de que no cuenta con una superficie plana en la parte alta, esta mole de granito presenta una especie de recipiente con un conducto que desemboca en el suelo, en el que se podría trasvasar cualquier tipo de líquido.

Ningún investigador ha puesto en tela de juicio que en el santuario de Ulaca se produjeran sacrificios animales. Sin embargo, ¿tuvieron lugar sacrificios humanos? Hay que tener en cuenta que el pueblo vettón realizó sacrificios humanos. Los habitantes vettones de Bletisama, actual Ledesma (Salamanca) sellaban la paz con sus enemigos a través del sacrificio de un caballo y un hombre. Estas ejecuciones se alargaron hasta el siglo I a.C., ya en dominio romano, por lo que el procónsul Publio Craso tuvo que prohibir que efectuaran este tipo de hábitos en tierras vettonas.

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Derramadero de sangre del altar de sacrificios del santuario de Ulaca

Algo similar también era realizado por los lusitanos, cuyas costumbres tendrían que ser muy similares a los de los vettones por compartir límites territoriales. Estrabón cuenta que “los lusitanos hacen sacrificios (humanos), observan las entrañas, pero sin extirparlas”. También añade que “observan las venas del pecho y conjeturan palpándolas”. Y el geógrafo e historiador griego concluye su descripción de los lusitanos narrando que “predicen mediante las entrañas de los prisioneros de guerra, cubriéndolos con sagos; luego cuando el arúspice golpea por encima de las entrañas, predicen primero según la forma en la cae el cuerpo” y “cortan a los prisioneros la mano derecha para consagrarla como ofrenda”. 

El profesor francés Christophe Bonnaud, dedicado al estudio de los vettones, admite que estas prácticas de sacrificios humanos también pudieron haber sucedido en el recinto sagrado de Ulaca: “En Ulaca, la escalera doble que conduce a piscinas conectadas, entre ellos por canales de flujo, no parece cumplir otro uso que ofrecer sacrificios humanos y/o animales”.

 

La sauna ritual de Ulaca donde eran consagrados los guerreros

El santuario de Ulaca era el medio donde se llevaban a cabo los rituales de fuego, pero también hay un monumento destinado a los rituales de agua, tan esencial dentro del entramado de creencias prerromanas. Es la sauna ritual, conformada por tres dependencias dedicadas a la creación de vapor, a la disposición de los asistentes y a la recepción de estos, respectivamente

Al igual que el “altar de sacrificios”, fue mal catalogado en las primeras investigaciones. En un principio, se aseguraba que la sauna ritual de Ulaca era en realidad una fragua donde sus habitantes fabricaban utensilios y armas, debido a la existencia de una abertura que recordaba a un gran horno. Con el avance de los estudios, se demostró que esta construcción era mucho más transcendental, más mágico que todo eso: era lo que los galaicos denominan como “pedra formosa”.

Las “pedras formosas” o saunas castreñas son rocas moldeadas en estructuras, a menudo semienterradas, con varias estancias que funcionaban como pequeños balnearios de vapor.  Esta tradición estaría muy arraigada entre los pueblos primitivos de la Península Ibérica. En una de las dependencias colocaban piedras ardientes que, tras echar agua sobre ellas, comenzaban a producir el vapor de agua, que llegaba a los asistentes a la sauna mediante un gran orificio. Los individuos que recibían el baño de vapor en Ulaca eran dos personas, que podrían estar a puerta cerrada entre cuatro y seis horas, si se compara con otras construcciones similares. 

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Sauna ritual del castro de Ulaca

Estaban tantas horas encerrados en la sauna porque no era un baño de vapor cualquiera, sino que era ritual. Almagro-Gorbea sostiene que tienen una gran carga ideológica porque estaban asociados a baños medicinales o de iniciación para guerreros. La segunda opción cobra más fuerza, según el catedrático, ya que hay indicios de la existencia de pequeñas cofradías de jóvenes guerreros en la zona, que acudirían a la sauna de Ulaca acompañados de sus armas para ser partícipes de un baño ritual.

Estrabón describe el procedimiento de uso de las saunas rituales por parte de los constructores del castro abulense, cuyos dominios se extendían hasta la ribera del Duero: “Dicen que algunos que habitan junto al río Duero viven como espartanos, ungiéndose dos veces con grasas y bañándose de sudor obtenido con piedras candentes”. Lo referido pertenecería a las tradiciones ancestrales del mundo céltico instaurado en la Península Ibérica.

Dentro de esta ritualística no es extraño que tuvieran como protagonistas a diversas sustancias estimulantes o alcaloides. En los alrededores de Ulaca es fácil hallar tejos con sus frutos, bayas de enebro, digitalis y psilocibes que provocan estados alterados. Su uso en la sauna ritual pudo ser muy parecido al que describe Herodoto sobre los escitas, quienes colocaban piedras enrojecidas al fuego y situaban junto a ellas granos de hachís; después arrojaban agua a las piedras y con el vapor provocado por el agua y el hachís, los escitas, en palabras del historiador griego, excitados por el humo, aullaban de alegría”. Las hierbas y sustancias psicoactivas no solo se consumían en los baños de aire caliente como rito de iniciación. También eran empleadas para tratar enfermedades o aliviar dolencias a través de la inhalación, especialmente a los guerreros quienes eran los más habituales en las saunas rituales.

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Bayas de enebro, psilocibes y digitalis que existen en los alrededores de Ulaca

Otro de los rituales que solía celebrarse en saunas castreñas como la de Ulaca era el del taurobolio. Consistía en sacrificar a un toro, cuya sangre era vertida en el momento sobre la cabeza de los guerreros, potenciando así las facultades bélicas a través de un “bautismo de sangre”. Aunque una de las variantes era recoger el líquido de los pozos de sangre para crear una bañera dentro de las saunas, en la que los guerreros se introducían desnudos para ser ungidos. Los taurobolios eran habituales entre los romanos, si bien era un procedimiento muy extendido en toda la Europa Antigua.  No era necesario hornos ni “pedras formosas”, pero sí un área donde pudiera concentrarse la sangre, como los asientos de la sauna de Ulaca.

Finalmente, en su análisis, Almagro-Gorbea propone que la sauna de Ulaca ofrece un carácter ctónico al estar semiexcavada de forma intencionada: “Este hecho explicaría su relación habitual con divinidades cosmológicas, de tipo astral e infernal”. Representarían, por tanto, entradas al Más Allá, que dentro de la cultura céltica tendría gran conexión con los cultos con agua. “El agua era el elemento de comunicación con el Más Allá, o mejor dicho, el propio Más Allá”, comenta el historiador. Esta idea entroncaría con la idea de la comparación de las saunas castreñas con fuentes rituales que permitían el acceso al mundo de los muertos de acuerdo con la ideología indoeuropea y céltica, como defiende Mircea Eliade, estudioso rumano de las religiones.

 

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Asientos donde se sentaban los guerreros en la sauna ritual de Ulaca

 

El ‘Canto de los Responsos’ y las almas que vagan por los alrededores de Ulaca

Con el Más Allá también habría tenido relación un gran bolo de granito que se encuentra a extramuros de Ulaca. Su impresionante aspecto y su posición dominante sobre el paisaje del valle, unido a los indicios observados en su entorno, hace pensar que en él se celebraron ritos en la actualidad desconocidos. El grosor es recorrido por una enorme cruz, señal de que la prominente roca intentó ser cristianizada tiempo después. Esta circunstancia no es aislada y pudo ser otro “Canto de Responsos”, como el que se encuentra muy cerca del castro de Ulaca, en los alrededores de Villaviciosa, ya en la ladera del valle.

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Roca que podría ser un Canto de Responsos en el recinto sagrado de Ulaca

La importancia del “Canto de los Responsos” es vital para comprender el corpus mítico e ideológico de los habitantes de Ulaca. Situado al borde del camino, a poco menos de tres kilómetros al sur de Villaviciosa, es un gran berrocal ovoide con casi cuatro metros de altura por seis metros de diámetro. Lo más llamativo es la parte superior del cancho, repleta de pequeñas piedras acumuladas.

Como indica su denominación, sería el lugar propicio para “echar un responso”. Por ello, los más mayores que pasan por aquel camino tienen como tradición lanzar una piedra sobre la zona alta de la roca.  Los jóvenes describen esta costumbre entre risas y como una tontería, pero los lugareños de más edad aún relatan que había que echar un guijarro sobre el “Canto de los Responsos” para sacar un alma del Purgatorio y así evitar tener algún accidente cuando subían a la sierra a por leña, de caza o cuando viajaban en carros al otro lado del valle. Asimismo cuentan que si la piedra lanzada se quedaba sobre el berrocal y se pedía un deseo, este se concedía; si se caía, en cambio, la petición no se cumpliría.

Queda patente la relación del “Canto de los Responsos” con ritos adivinatorios y, sobre todo, con ritos asociados a los muertos. Cultos que se remontarían a la época protocelta de la Edad del Bronce y que tuvieron una presencia especial en los celtas de la Península Ibérica como los vettones. Con el avance de los siglos, se habrían adaptado hasta preservarse en tradiciones actuales sin olvidar ese sustrato ancestral originario. Esto entronca con las teorías de Angelo Brelich, historiador ítalo-húngaro que proponía que los ritos folklóricos actuales provienen de la Antigüedad.

Por su parte, el “Canto de los Responsos”, al igual que Ulaca, también fue estudiado por Almagro-Gorbea. Concluye que puede estar vinculado con “el límite simbólico del territorio antropizado de dicha población prerromana”. En otras palabras, entre los vettones del oppidum existiría la creencia en que los espíritus de los fallecidos vagaban errantes por los montes aledaños a Ulaca, en una contraposición entre el mundo de los muertos (los alrededores del poblado) con el mundo de los vivos (el propio poblado).  Fuera de los límites del pueblo, las almas de los muertos campaban a sus anchas y podían hacer daño a los vivos, que permanecían desprotegidos al abandonar el confort y la seguridad de su “mundo viviente” que denota el poblamiento.

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Canto de los Responsos, en Villaviciosa, en los alrededores de Ulaca

En este sentido, el gran berrocal sería un punto de contacto con el Más Allá, donde convergen el mundo de los vivos con el de los muertos. Hay que mencionar que se ubica justo en la confluencia de dos arroyos y ya se ha aludido al agua como entrada al Más Allá dentro de las convicciones célticas. El rito de arrojar una piedra serviría para alejar o sosegar a las almas de los difuntos que merodeaban por lo más recóndito del valle de Amblés y de la Sierra de Paramera

La tradición de acumular cantos como agente protector no es exclusivo de los valles de la sierra de Ávila. Recuerda mucho a los “amilladoiros” del folklore gallego, que eran aglomeraciones de piedras en cruces de caminos creadas por peregrinos al lanzarlas en señal de ofrendas para no ser dañados por malos espíritus, pues asociaban las piedras con las almas de los difuntos. En la provincia de León todavía persiste el convencimiento de que los mojones son la representación de ánimas errantes.  O en Portugal, en cambio, perviven los “penedos do casamento”, más ligados a deseos, en el que las solteras tiraban guijarros encima de un gran peñasco para saber si se iban a casar o no.

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Cartel del Canto de los Responsos en Villaviciosa

Con la llegada del cristianismo, la tradición local estaba tan enraizada que tuvo que ser asimilada por la religión entrante. Para ello se recurrió a la idea cristiana del responso como forma para liberar un ánima del Purgatorio. Aun así, se mantuvo la creencia de que, si no se realizaba la ofrenda de arrojar una piedra sobre el “Canto de los Responsos”, aquellas almas en pena que moraban en la zona harían de las suyas. Quizá también se intentó cristianizar la gran formación granítica con una cruz que parece comenzar a rodar en cualquier momento valle abajo frente a castro abulense. Pero ni el cristianismo ni la romanización, ni los incendios ni los saqueos han podido doblegar a Ulaca, que continúa cual vigía milenario custodiando el secreto más preciado de los vettones. Secreto al que nadie ha podido ni podrá acceder…

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. LobaSolitaria dice:

    Qué artículo más bueno.
    Hace unos meses estuve en Ulaca y qué pena no haber sabido todo esto antes. La mirada hubiera sido diferente.

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  2. Rosario Molina dice:

    Muy interesante y bien explicado. Gracias.

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