Las brujas de Hondarribia que aterrorizaron a toda una población

6 de mayo de 1611. La gente se agolpa en la plaza que hay en Hondarribia frente al castillo de Carlos V. Los dos alcaldes que rigen por Felipe III, Sancho de Úbilla y Gabriel de Abadía, que llevaban reunidos desde la mañana en la sala del concejo, dijeron a todos los allí presentes que provocó el temor en el vecindario: entre los habitantes de Hondarribia había algunas personas procedentes de Francia que eran “brujas maestras, que embrujaban y habían embrujado a muchas criaturas”.

Comienzan a hablar los testigos: todo niñas que no superan los 14 años

Dichas criaturas habían dicho que estas brujas pertenecían a una secta demoníaca y que llevaban 20 días haciendo de las suyas por la zona. Tras estas declaraciones, los alcaldes empiezan a sacar ante el gentío a vecinas que aseguraban haber sido víctimas de hechizos, como Isabel García, de 13 años, que aseguraba haber presenciado las ceremonias diabólicas de las brujas. Su padre, el sargento Diego García, afirmaba que hay que vigilar a las brujas francesas que han arribado a la población y que no acepten ningún regalo de estas, ya que pueden ser cebos para embrujar. Hay que tener en cuenta que muchas familias francesas habían huido del Labourd por la brujeomanía que se había desatado en Francia debido a las persecuciones orquestadas por Pierre de Lancre, conocido como “el cazador de brujas”.

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Castillo de Carlos V, en Hondarribia. Frente a él testificaron las niñas que delataron a las brujas de Hondarribia

La niña Isabel García dijo que se encontró a María de Illarra, alias “Mayora” cuando iba a la fuente a lavar la ropa. Esta le dijo que si le hacía un recado, le daría dinero, por lo que esta aceptó. Sin embargo, estando acostada por la noche, María de Illarra se coló en su casa, la cogió por un pie y la arrastró hasta la ventana, donde le untó los brazos con cierto pringue. Asegura que en el lugar de la cama donde dormía dejó a una compañera para que pensaran que la niña seguía allí; después la cogió a hombros, la sacó por la ventana a la niña y la llevó al monte Jaizkibel, frente a la ermita de Santa Bárbara. Allí le estaban esperando fuegos y un diablo sentado en una silla de oro con tres cuernos en la frente, los ojos encendidos y una cola en las partes bajas. La testigo afirmó que María de Illarra dijo en euskera al diablo “Señor, aquí os traigo gente nueva”, y este obligó a la niña a renegar de Dios, de Jesucristo, de la Virgen y de los santos, así como a danzar junto a más personas allí presentes. El diablo hablaba en euskera y gascón y después de danzar, ofrecieron a la niña que se comiera una manzana. Una hora y media después, María de Illarra llevó de vuelta a hombros a la niña a su casa, dándole una moneda de oro como recompensa, que al día siguiente se transformó en carbón.

María de Illarra, según la testigo, la llevó más veces a las reuniones nocturnas de brujas, donde presenciaba las misas que daba el diablo y que después fornicaban con este. Entre las personas que pudo ver en aquel lugar, la niña Isabel García identificó a Inesa de Gaxen, a María de Echagaray y a María de Garro, mujeres francesas que se habían casado con soldados de Hondarribia. La niña confesó lo ocurrido al vicario de la villa, que le dio como remedio una nómina de reliquias para protegerse de las visitas nocturnas que le hacía María de Illarra.

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Ermita de Santa Bárbara, en el monte Jaizkibel. Según una testigo, aquí se reunían las brujas de Hondarribia para adorar al Diablo

La siguiente testigo en hablar a los vecinos de Hondarribia fue María de Alzueta, de 13 años, que aseguraba que la francesa María de Echagaray se le acercó ofreciéndole leña seca. A pesar de rechazar la leña seca, accedió a dar un bocado al pan negro que le había ofrecido la mujer francesa. Tras esto, María de Echagaray dijo a la niña que esa misma noche la visitaría a su casa.

Por la noche, María de Echagaray sacó a la niña por la ventana de la casa a hombros y la llevó por el aire, por encima de los tejados y de la muralla, al prado situado junto a la ermita de San Felipe y Santiago. Allí vio luces y fuegos, así como una figura del diablo grande con tres cuernos y ojos resplendorosos de luz. El diablo dijo a la niña que renegara de la Virgen María y danzara y comiera con los demás. Después, María Echagaray volvió a dejarla en su casa, donde halló junto a su cama una figura de diablo y monedas.

María de Echagaray llevó a más reuniones a la niña, donde vio cómo el diablo impartía misa con una figura en sus manos mientras decía “cabrón arriba” y “cabrón abajo”, le ofrecían pan negro y cera y finalmente le besaban las partes bajas. María de Alzueta también identificó a Inesa de Gaxen entre las allí presentes, a la que el diablo le había encomendado ir a la playa de Hondarribia a contaminar el agua con unos polvos para que los pescadores no capturaran ninguna sardina. La testigo confesó lo ocurrido a su tía que era serora, quien posteriormente elevó lo relatado por su sobrina al vicario. Este le entregó una reliquia para que las brujas no se la llevaran más.

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Playa de Hondarribia, que supuestamente fue contaminada por la bruja Inesa de Gaxen

También habló la hija de María de Echagaray, de nombre Isabel de Arano. La joven, que tenía 14 años, aseguraba haber visto en los aquelarres a todas aquellas brujas exceptuando a su madre. Isabel de Arano aseguraba que estaba durmiendo en la lonja en Hendaya al habérsela cerrado las puertas de la villa, cuando de repente apareció Inesa de Gaxen, quien la untó los brazos y la llevó a hombros a un aquelarre que se estaba celebrando en unos juncales en suelo francés. Allí vio al demonio de gran tamaño y cara grande, con un cuerno en la frente y con los ojos encendidos desde donde salían llamaradas. Este le dijo a la joven que renegara de Jesucristo y que no había más Dios que él; más tarde impartió misa con una ostia negra y las personas allí reunidas le comenzaron a besar las partes bajas. En dichas reuniones, a las que fue llevada en más ocasiones, además de a Inesa de Gaxen, también vio a María de Illarra, que tocaban el tambolín y guardaban sapos para la cena.

Otra testigo, Jacoba de Estacona, de 11 años, declaró que hacía un mes se encontró a Inesa de Gaxen yendo a una viña. Tras haberla prometido higos y manzanas, esa misma noche, Inesa entró en la casa de Jacoba, le untó la cabeza, la cogió a hombros. La niña de 11 años afirmó que al mismo tiempo, María de Echagaray cogió a su hermana de 4 años llamada Mariana y a su prima Francisca de Santestaban, llevándoles a todos a un prado junto a San Telmo. Allí vio al demonio con tres cuernos y una gran cola con figura de hombre, sentado en una silla negra. El demonio cogió un papel y una pluma, llamó a la niña para que renegara de Jesucristo; como la niña se negó, la tumbaron en un arbusto amarillo y la empezaron a azotar Inesa de Gaxen y María de Echagaray con unos espinos negros. Debido al castigo, finalmente Jacoba renegó y cuenta que el Diablo le selló la cabeza con una marca caliente, la cual no provocó dolor en la niña hasta la mañana siguiente. De pronto, el Diablo mandó a Inesa de Gaxen al mar para que hiciera que los navíos se perdieran y no llegaran al puerto de Pasajes. Jacoba reconoció que la llevaron unas 20 veces a esas reuniones de brujas, donde vio a María de Illarra y también a María de Garro, que en los aquelarres se dedicaba a coser zapatos.

La detención de las brujas de Hondarribia: el castillo de San Telmo como prisión

Después declararán ocho niñas más de la población, que acusarán de participar en los aquelarres también a María Miguel de Oyanguren y a Catalina de Bereasarra, francesas que se habían mudado a Hondarribia.

Tras las declaraciones de la niñas, los alcaldes de Hondarribia mandan prender a María de Illarra, María de Echagaray, Inesa de Gaxen, a María de Garro, a María Miguel de Oyanguren y a Catalina de Bereasarra como acusadas de brujería. Serán conducidas al castillo de San Telmo, situado en la localidad, que era una de las prisiones más duras que había en toda la Península.

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Castillo de San Telmo, que sirvió de prisión para las brujas de Hondarribia

Las brujas, en los interrogatorios que tienen que enfrentar, defienden su inocencia asegurando que son buenas cristianas, que desconocen qué es la brujería y que son francesas que llevan décadas viviendo en aquel territorio. El mismo día 6 de mayo de 1611, María de Illarra declaraba en la sala del Ayuntamiento de Hondarribia ante los dos alcaldes de la localidad no ser francesa, sino del valle de Oyarzun y negó haber participado en aquelarre alguno en los alrededores de Hondarribia como habían atestiguado tantas niñas. Dejó claro que ella era “buena cristiana temerosa de Dios” y que estaba diciendo la verdad en todo momento, aunque no firmó su declaración al no saber escribir.

Sin embargo, Inesa de Gaxen confesó haber sido perseguida como hechicera en suelo francés, concretamente en Hendaya, siendo encarcelada por el Parlamento de Burdeos, pero fue absuelta por los tribunales. Esto pudo provocar murmuraciones entre los vecinos de Hondarribia que condujeron con los años a ser acusada de brujería.

El careo entre las brujas de Hondarribia: la figura de Gabriel de Avendaño

El arcipreste Gabriel de Avendaño se encargará del caso de las supuestas brujas de Hondarribia. A diferencia de Pierre de Lancre, Avendaño tiene fama de compasivo y de no quemar a herejes, sino de utlizar la reconducción pacífica a través de la exhortación. Así, Gabriel de Avendaño conseguirá que las acusadas confiesen sus delitos, ya que tantos niños no podían mentir, a cambio de no ser castigadas por el Santo Oficio. Todas accedieron exceptuando Inesa de Gaxen, que siguió defendiendo que ella no era una bruja.

María Illarra, al decidir finalmente realizar una segunda confesión donde decía reconocía haber formado parte en aquelarres aunque no mató a nadie ni provocó daños en la tierra ni en el mar, se le secuestraron los pocos bienes que tenía, como una cama usada, dos cajas vacías, un manto negro viejo y 23 reales en dinero. Por su parte, María de Echagaray reconoció haberse vuelto bruja a causa de los hechizos realizados por Inesa de Gaxen, en las vísperas de San Juan del año anterior.  Les confiscarán las pertenencias en este momento a todas las presuntas brujas, excepto a Inesa de Gaxen y María de Garro.

Como Inesa de Gaxen no quería confesar sus culpas, las autoridades organizan en la sala del Ayuntamiento de Hondarribia un careo el 10 de mayo de 1611 con María de Illarra y María de Echagaray, que son sacadas de la prisión de San Telmo, para conseguir que esta ceda y se libre de un castigo mayor. No obstante, Inesa siguió negando que ella fuese una bruja, a pesar de los consejos de Gabriel de Avendaño y de los alcaldes presentes, así como de las acusadas. Avendaño comenzó a rociar a Inesa de Gaxen con agua bendita y conjuró unas plegarias para expulsar posibles demonios que estuvieran hablando por ella, pero la acusada continuó espetando que no era bruja y que no tenía demonios en su cuerpo. Como Inesa no cedía, la mandaron encarcelar en la prisión con peores condiciones.

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Balcón del Ayuntamiento de Hondarribia. En su interior tuvo lugar el careo entre las brujas de Hondarribia

 

La intervención del Tribunal de la Inquisición de Logroño y el destierro de las brujas de Hondarribia

El 13 de junio de 1611, los alcaldes de Hondarribia traspasan el caso al Tribunal de la Inquisición de Logroño al no haberse arrepentido Inesa. El 7 de septiembre, el inquisidor Alonso de Salazar y Frías decidió embargar los bienes a María de Garro y a Inesa de Gaxen, que era a las dos que todavía no le habían secuestrado sus pertenencias.

Finalmente, las presuntas brujas de Hondarribia fueron absueltas, pero fueron desterradas a Hendaya para que no volviera a ocurrir nada similar en localidad hondarribiarra, así como que no se creara una ola de brujeomanía en el pueblo y en sus alrededores. María Garro fue otra vez encarcelada y expulsada a la fuerza después de que su marido la intentara esconder en su casa de Hondarribia.

Nada más se supo de las brujas de Hondarribia en suelo francés. De ellas, solo queda un documento en el que relata el proceso, las testificaciones y el desenlace. No obstante, al pasear por las calles, recorrer los lugares mencionados en el documento, la mente inevitablemente retrotrae a aquellos oscuros años en los que se pensaba que las brujas sobrevolaban la población, secuestraban a los más pequeños y los presentaban al Diablo mediante danzas macabras. Un Diablo que solo habitaba en sus atormentadas cabezas.

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